Carta de un abuelo indignado: el mío.

La muerte de pie…


Y es aquí donde entra la Carta de mi abuelo:
          Sabe usted que ese era mi árbol favorito. Lo cuidé y nunca permití que nadie lo cortara. Hoy desde el otro lado me indigna verlo hecho aserrín. Dicen que usted mandó a cortarlo. No sabe cuánto lo lamento…
          Si hubiera sabido que harías eso yo… (no puedo repetirlo, mi abuelo estaba muy enojado).
          Recuerdo ver a tus hijos con bolsas canguro cargando las mangas para comerlas en su mesa. Supongo que ya no habrá más de eso. ¿Verdad?
Y aunque la conversación fue larga y tendida, no puedo decir todas las cosas que me dijo mi abuelo, quienes lo conocieron saben lo sincero que fue y que ante nadie se doblaba. Hoy más que nunca confieso, que lamento su ausencia; porque de haber estado vivo hubiese sacado a punta de golpes e improperios a quién tocara sus tierras, a quienes se atrevieran a cortar su árbol favorito.
Y todo esto se  debe a que cuando tenía 12 años al frente de ese árbol firmé un pacto con mi abuelo: uno que decía en contrato de lealtad “prometo proteger tu árbol siempre”.
          Por eso, te pido disculpas. Debí ser más valiente y expulsar a quiénes hicieron lo que pediste nunca sucediera. Me siento cobarde, pero también me siento indignado, adolorido, cada vez que veo el ecosistema hecho pedazos.
Incompatibilidades…
Comunicándome con Gerardo Oviedo, alcalde,  para que colaborara con la situación para ese mismo día me dio como contacto a la contraloría ambiental, quienes me explicaron que no existía ningún permiso tramitado en la municipalidad para cortar ese árbol.
En esa misma conversación que tuve con el director me explicó que cuando un árbol está en una calle y las personas comparten desde su cotidianeidad de vida con ese ser vivo lo mínimo que pudo hacer quién lo cortara fue solicitar un permiso por escrito a cada uno de los miembros de esa calle. Asunto que nunca se hizo.
De este modo, ya no denuncio sino más bien expreso mi preocupación por la existencia de actitudes como estas donde los dueños del mundo acaban sin consultarle a sus vecinos y dejando toda la memoria histórica en madera y polvo.
Dicen que el canto de los pájaros en el árbol modifica el sabor de sus frutos. Rindo un homenaje al árbol de mi abuelo que murió de pie mientras vos yacías escondido el día que no te vi ni pasar por la calle.  El árbol de la vida ha muerto: mi indignación y solidaridad para mi abuelo. Yo también lo quería como vos. 

Carta de un abuelo indignado: el mío.

Este árbol murió de pie…


PRIMERA PARTE

Debo confesar que esto fue un sueño, pero guarda total correspondencia con la vida real. Mi abuelo murió hace algunos años, pero un reciente evento en nuestra calle se lo hubiese llevado de golpe, al menos eso me dijo en un encuentro en otra dimensión. Su reclamo válido y mi dolor por no cumplir el deber encomendado.
Al finalizar el mes de agosto un árbol de manga de esos que dan alrededor de 1000 en su temporada fue asesinado vilmente sin autorización previa mía y menos del resto de personas que compartimos ahora esa maldita calle, donde los pajaritos ya no cantan sino hacen silencio… se han ido.
Este árbol tenía más de 70 años, era frondoso, nos daba sombra, cobijaba animales nocturnos y diurnos. En las picantes mañanas de abril era bueno reposar en sus raíces y en las tardes lluviosas de setiembre era la mejor sombrilla improvisada.  En mi infancia jugué allí junto a mi primo Marquillos, conocido por un sobrenombre que le encaramé en lo íntimo de la familia, le llamábamos Beethoven, pero no era por artista sino más bien por otra cosa.
Sus mangas eran jugosas, maduras, con crunch si se disfrutaban verdes o como para antojo de embarazadas pintonas.  El día que lo cortaron llegaron dos tipos a los cuales fotografíe y puse en la lista de asesinos de árboles (ellos no tienen la culpa he de aclararlo, fueron mandados).
En aquel árbol habitaban ardillas, insectos, zorros de paso, abejas, avispas, pájaros dediferentes especies (yigüirros, pecho amarillo, zanates, carpinteros,gavilanes); desgraciadamente, ahora ni los zonchos se arriman.

SEGUNDA PARTE…