5 de may. de 2012

Solidaridad en tiempos de hambre


En la reminiscencia de marzo solo nos quedan los recuerdos de un verano azul porque ya se nos vino el invierno. Un informe sobre el hambre 2011 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) recuerda que cada día van a la cama 1000 millones de personas en el mundo. Todos recuestan su estómago tan pegado a la almohada como para ser parte de la estadística.

La globalización que atacó poco a poco al Estado y que lo achicó lo suficiente como para acabar con el progreso se disfrazó de rojo y estampó en un arco iris multicolor la esperanza de los países subdesarrollados.

En la actualidad no se trata de hacer portadas y premios “pulitzer” con niños y niñas esqueléticas del África: esa realidad se come al mundo de verdad. Todo mientras el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) pegado en la camiseta del Barcelona  nos pide solidaridad urgente: ¿y quién se apunta?


Un grave daño al medio ambiente, el cambio manifiesto en la naturaleza con sus matices incompresibles -cambio climático global-, un mercado económico que no despega  y políticas de comercio sin solidaridad  atacan al mundo y casi lo tiene en nocaut.  Mientras, los sistemas de producción de países pobres tratan de sobrevivir y lo que reciben de vuelta es más y más pobreza.

Definitivamente, este informe deja ver la utopía que algunos consignan de esa manera. Mientras muchos mueren de este lado, del otro lado la población engorda como si fuese espuma y les acompañan enfermedades por comer en exceso. Un niño desnutrido de allá por un gordito saboreando la comida rápida están a la orden del día.

Otra vez la enseñanza es que debemos modificar nuestras acciones e impactar en el colectivo con más práctica y menos millones de dólares sobre lo que nunca llegan. Sino donde están todos los millones que debieron llegar a Haití. Pues seguramente, en un lugar seguro, pero no en aquel condenado país, que abolió la esclavitud tempranamente dándole ejemplo al mundo.

Políticas globales sobre la repartición de los alimentos, la protección de la naturaleza y el acceso al agua podrían garantizar un futuro más prometedor y cooperativo para un mundo que se está comiendo solo. Y donde la dieta la pagan los más pobres. Si no me entiende las letras pues póngase una semana a dieta: no coma nada y me cuenta. Debe ser feo. Confieso que no me atrevo.

Al final ese discursillo del cuido,  la solidaridad y la indignación no sirven para nada. La esperanza solo será posible modificando la esencia del descuido al prójimo y del amor por este planeta que está teñido hoy cuando usted y yo nos acostamos con mil millones de niños y niñas con hambre: que tal vez no vean el otro día.

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